En
ese lugar tan solo podían distinguirse sombras y nada más. Rodeado de oscuridad
pura, Alexis se encontraba sollozando, su suave cabellera oscura apenas se
movía, sus ojos pardos tan sólo mostraban dolor. Si tan sólo no hubiera sido
tan tonto en creer que eso que pensó haber visto era a quien más había amado.
La
última vez que tuvo la certeza de su existencia fue cuando compartieron en
aquel café que era su lugar predeterminado de reunión. Mientras él se tomaba su
tan acostumbrado expresso el otro
disfrutaba de un cigarrillo. Usualmente no hablaban mucho, sólo se dedicaban a
decirse palabras efímeras. Tampoco éstas eran necesarias; lo que uno
consideraba como un buen polvo, el otro lo idealizaba.
Alexis
era un muchacho de veinticinco años que se dedicaba a la música, durante el día
dirigía un pequeño coro de su vecindario, solo por diversión. Al anochecer,
usualmente paseaba por toda la ciudad tocando en cuanto lugar se le presentara,
y claro, disfrutando con aquél que llamara su atención. Podría decirse que era
una persona ambiciosa, aunque también egoísta y perfeccionista.
Por
el contrario, Santiago era un hombre que rondaba los treinta, se dedicaba a
traficar drogas, pasear de bar en bar y juguetear con la primera puta que se le
abriera de piernas, no tenía preferencia en cuanto si a hombre o mujer se
tratase. Tenía todo lo que quería y si aún no había logrado obtenerlo, haría lo
que estuviera en su poder para hacerlo, no importaba si para ello tenía que
matar al primer idiota que se cruzara en su camino. Podría decirse que era un
hombre apuesto, con rasgos bruscos, muy marcados. También podría decirse que a
pesar de no poseer dinero a montones, podía costearse los lujos que quisiera.
Era
una de esas noches en las que el pelinegro tendría una presentación en uno de
los bares favoritos de Santiago. Mientras tocaba, Alexis no podía dejar de
advertir ciertos ojos verdes que lo miraban como si lo estuviera engullendo en
ese mismo instante, tan penetrantes como el más frondoso de los bosques, y
aquel cabello dorado que se asimilaba al más hermoso oro que jamás había
admirado. Vale decir que Santiago tampoco podía apartar sus ojos de él, si, lo
estaba devorando mentalmente, no podía para de imaginar todas las cosas que
haría con él una vez que lo tuviera en su cama; desde ese momento supo que
debía poseer al chico al precio que fuera. Y así fue, y siguió siendo durante
mucho tiempo. De esta manera, aquella relación fue entrelazándose con el paso
tiempo; mientras Santiago siempre lo miró con deseo y nada más que deseo,
Alexis nunca dejó de mirarlo con ojos de admiración y de amor puro, siempre
imaginándose como serían ambos. De igual forma, así comenzaron aquellos
encuentros todos los viernes a las 6:30pm en el café más cercano al barrio de
Alexis.
No
pensó que fuera un experimento, algo que tan sólo sería explotado para
comprobar alguna que otra cosa… No era cierto, si lo sabía, inconscientemente
lo sabía mas no quería aceptarlo. Alexis disfrutaba cada momento en el que el
otro jugaba con él a su conveniencia, como lo trataba como una puta barata.
Santiago tan sólo quería pasar un buen rato, disfrutando de la persona con la
que podía llevar a cabo sus deseos sexuales más descabellados.
Una
vez escuchó que si deseaba mucho algo y rezaba para ello, el universo lo
ayudaría a cumplir ese deseo. Se dedicó a rezar, cada día sin parar, sin
embargo no veía frutos en ello. A pesar de ello, continuó su tarea sin cesar;
mientras que el otro lo seguía considerando como un buen polvo y se seguían
reuniendo en el mismo lugar de siempre todos los viernes a las 6:30pm sin
falta, ni un minuto más ni un minuto menos.
Alexis
sólo pedía tiempo, tiempo para que el otro lo viera con la misma mirada que él
le dedicaba en todo momento, pero no, Santiago nunca lograría verlo de esa
forma. Alexis tampoco sería capaz de entender esto conscientemente. Estaba
cegado con lo que podía ser y no con lo que realmente era.
Continuando
así cada día, Alexis y Santiago estaban anhelando que llegara el día
predilecto. Cada uno con razones distintas. No podría decir con certeza cuánto
tiempo pasó de esta manera, éste pasa tan rápido que en un abrir y cerrar de
ojos todo puede escaparse de nuestras manos sobre todo si día tras día se sigue
con la rutina de aquel juego de azar que era la vida de ambos.
En
esa habitación oscura sólo se escuchan sus lamentos sobre el cuerpo inerte de
aquel amante furtivo que mantuvo durante muchos años. Aquel Amo que lo dominó y
lo llevó al más puro de los éxtasis. Aquel hombre al que amó hasta el fin, que
seguía amando y que siempre lo hará hasta el fin de sus días. Sus manos
manchadas con su sangre, llorando y llorando, arrepintiéndose en aquella
habitación que siempre compartían una noche a la semana, y que ya no lo harán
más.